Sonó el teléfono. Despertó abruptamente. Era conciente que se había quedado dormida, pero no le interesaba mucho, pues esa hora demás que había dormido la aprovechó y mucho.

Pues claro, venía despertando de un sueño, sí, uno de los que hace tiempo no soñaba o no se acordaba. Estaba feliz… con su sueño.

Hace tiempo no soñaba algo tan real, ni mucho menos algo que pudiese hacer real, y era obvio, este último tiempo no apartaba esos pensamientos de su mente, no podía pensar en otra cosa más que en aquellos sueños que se hacían tan reales en su dormir, como si su subconsciente quisiera regalarle un poquito de esa felicidad que podría vivir, aunque sea una hora, aunque sea en ese sueño, solo uno.

Pero sonó el teléfono y tenía que contestarlo. No era la llamada que suponía – que estaba más que atrasada para salir, como siempre – sino que cualquier otra llamada que ya daba lo mismo, ya había interrumpido el sueño.

Ahora despertaba a la realidad, se acordó que todavía ese rencor existe en él, pues como todas, se había comportado como una estúpida en todo el año. Dos semanas, dos putas semanas le faltan para demostrar que no es como todas, que sabe cuando se equivoca y sabe también solucionarlo, dos putas semanas para comenzar, volver a comenzar.

Despertó también del sueño de creer que está todo bien, que todo está solucionado. Pero no, mañana tendrá que partir de nuevo a hacer diligencias, a luchar de nuevo por la vida de quienes quiere, sacará las garras como siempre, para que nadie toque a sus queridos, ni ahora, ni nunca.